Me cruc� con tu poema y terminantes, entre par�ntesis, el a�o de tu nacimiento y de �ste, definitivo, que se�alaba as� de sobrio el de tu muerte.

Recuerdo que cuando apareci� Erotia, la intensidad de esos versos causaron asombro y evidenciaron cierta paraplejia mental de algunos seres del medio que no conceb�an tanta sen-sexualidad proveniente de la figura delgada, con lentes, un tanto desgarbada m�s propia del rat�n de biblioteca que proyectabas.

Erotia arrebat� asombro, respeto y tambi�n un dejito de envidia ante el verso aut�ntico y por tanto dif�cil que muchos eran incapaces de producir sin miedo en sus propias frases, en su poes�a o dem�s escritos, a la hora de explorar la carne.

Recuerdo tambi�n que al contrario de todos los escritores que he conocido le rogabas a Liscano, tu editor y a Milla tu distribuidor que cero bautizos, fiestas, recitales o foros. Te resignaste a aceptar la idea de las concebidas gacetillas y el ejemplar de cortes�a a la prensa. Lo mismo con la antolog�a de poes�a venezolana editada por Milla, la cual (a lo mejor recuerdo mal) fue presentada por Armando Sequera contando con tu ausencia o no fue presentada en absoluto?

No menciono estos detalles por maluquer�a con los escritores a quienes la vanidad, el ego o el querer ser reconocidos o simplemente le�dos a veces los traiciona y los hace perder asidero con la tierra, sino para resaltar el contraste de que as� de callado y con una modestia a toda prueba, tu vida era escribir, investigar, traducir, hacer grabados, y dem�s ejercicios de libertad que se me escapan en este momento enumerar. En t� se me autenticaba lo de �el escritor escribe para s�. Publicar, difundir era ya darle a esa entidad creada en el poema, el ensayo o las traducciones de Ashberry en ediciones limitadas, en cualquier obra producto de tu mano, el empujoncito del padre a la criatura cuando le dice que salga al mundo porque ahora es suyo a encontrarse o perderse entre los otros. Un acto de liberaci�n m�s que de confrontaci�n con el otro.

Eras un ave rara, porque justamente mi trabajo en ese entonces y por varios a�os lo fue el de promover las obras y los autores editados por la casa editorial de turno a como diera lugar y t�, para mi desespero, no colaborabas.

Esa extra�eza se convirti� en admiraci�n, a�os m�s tarde, cuando tuve la madurez suficiente de entender la paz de esp�ritu, la seguridad y satisfacci�n que se debe tener consigo mismo para no requerir del gesto aprobatorio de los colegas o de los lectores. Aut�ntica modestia. Rara avis.

As� te ten�a en mi memoria hasta que hace un par de a�os, de visita en Caracas, reanudamos la charla que alguna vez empezamos en las oficinas de Alfadil y que continuaban en espor�dicos, fortuitos encuentros en alguna librer�a o en los pasillos de la GAN con a�os de por medio. Sonia Casanova, tu compinche de la galer�a, nos hizo coincidir de nuevo y la conversaci�n continu� quedando en vilo cuando me tuve que regresar para una pr�xima vez que ya no ser�, porque el que ha partido ahora eres t�.

La vida es finita. Chiquita ante el destino sin certezas que nos traga y rejurgita como le da la gana. Ese destino que eventualmente nos pasa el suiche, nos borra o nos vindica.

No tuvistes la intenci�n y sin quererlo finalmente se hace presente tu paso por nuestras vidas. Las de quienes te conocimos en la brevedad de encuentros espor�dicos (y entonces guard�bamos esta admiraci�n), las de tus amigos, la de tu esposa. Las de quienes no necesitan sino publicar un poema tuyo y dar a entender todo, constatar tu legado y establecer en el acto, tu huella.

Publicado en www.elmeollo.net